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Cuando la consistencia se convierte en disciplina

13 ago
3 min de lectura

Mi papá es marino. Todas las tardes salía al pequeño jardín de mi casa a correr unas cuantas vueltas, hacer planchas y abdominales. Yo me sentaba sobre sus tobillos para ayudarlo, convencida de que los superhéroes entrenaban exactamente así.


Muchos años después entendí que, mientras yo jugaba, estaba aprendiendo algo mucho más importante que hacer ejercicio. Sin saberlo, estaba viendo cómo se construye la disciplina.


Hace unos días escuché a alguien decir que cuando una persona es disciplinada, se nota. Sobresale, inevitablemente brilla. Estoy de acuerdo. Lo que no comparto es la idea de que la disciplina sea una cualidad con la que algunos nacen y otros no. Creo, más bien, que es una herramienta que se construye. Un hallazgo que aparece después de repetir una acción suficientes veces como para que la consistencia termine convirtiéndose en disciplina.


Yo no fui una niña especialmente disciplinada.


Cuando nos mudamos de ciudad, entré a un colegio nuevo. No me iba mal, pero tampoco destacaba. Me costaba muchísimo quedarme sentada, no conversar, aprender al mismo ritmo que los demás. Había aprendido a leer de muy pequeña con mi abuela pero era un año menor que mis compañeros y cuando se trataba de seguir instrucciones o permanecer callada, eso me parecía físicamente imposible. (Aunque debo decir que con los años algo he mejorado…).


No tenía idea de cómo estudiar sola para un examen. Si me encerraba en mi cuarto, terminaba haciendo cualquier cosa menos estudiar: parada de manos contra la pared o buscando algo para comer metida bajo la cama.


Todo cambió cuando cambió mi contexto.


Recuerdo que mi papá, con la autoridad que siempre ha tenido, me dijo que había hecho todo lo posible para que yo entrara al mejor colegio de la ciudad nueva a la que nos mudamos y que bajo ninguna circunstacia yo iba a hacerle pasar una vergüenza.

Esa fue mi primera motivación. No era la más inspiradora,pero si había alguien a quién yo no quería fallarle, era a él. El mensaje fue más que suficiente para poner el motor en marcha.


Todos necesitamos ese primer impulso. La disciplina rara vez empieza por amor al proceso. Muchas veces empieza porque algo, o alguien, nos obliga a dar el primer paso.

Ese bimestre estudié como nunca antes y terminé siendo la segunda de mi promoción.


Fue la primera vez que entendí dos cosas:


La primera, que era mucho menos difícil de lo que había imaginado.


La segunda, que ser constante me ahorraba muchos problemas y me regalaba algo que jamás habría asociado con la disciplina: L I B E R TA D.


Porque cuando hacía lo que tenía que hacer, dejaba de vivir apagando incendios. Tenía tiempo para descansar, para salir, para disfrutar sin esa sensación permanente de estar llegando tarde a todo.


Sin darme cuenta, esa disciplina que encontré estudiando me acompañó hasta el final del colegio y para siempre.


Muchos años después ocurrió algo parecido con el deporte.


Nunca fui una deportista nata. Nunca fui la más rápida, la más fuerte ni la más talentosa. Pero un día entendí que la disciplina nunca había pertenecido sólo al colegio. Simplemente la había aprendido ahí y podía llevármela a cualquier otro lugar.

La misma capacidad de sentarme a estudiar apareció años después para levantarme temprano a entrenar, salir a correr cuando no tenía ganas o volver después de una mala competencia. Descubrí que, a mi ritmo y en mi momento, también había un lugar para mí en el deporte.


Con los años he entendido que admiramos mucho la disciplina de los demás porque solemos llegar cuando la historia ya está avanzada. Vemos el resultado, pero no las veces que esa persona quiso abandonar, los días en los que entrenó sin ganas o los momentos en los que tuvo que volver después de fallar.


La disciplina siempre se ve elegante desde afuera. Desde adentro suele parecerse mucho más a una conversación diaria con uno mismo.

Por eso creo que la disciplina no es una suerte. Es un muro que se construye piedra por piedra. Es un logro.


No aparece el primer día que haces algo. Aparece el día en que ya has sido consistente tantas veces que dejar de hacerlo empieza a sentirse extraño.


Y si hoy alguien me preguntara cómo empezar, no le hablaría de fuerza de voluntad. Le diría que encuentre un motivo, el que sea. Que deje de verse como víctima de sus circunstancias. Que busque referentes, aprenda de otros y, sobre todo, que vuelva después del mal día.


Porque ese es el día que realmente construye la disciplina.


No el día perfecto.


El día en que nadie esperaba que regresaras.


Al final, la disciplina nunca fue una cárcel.


Fue la forma más simple que encontré de vivir con más libertad: sin deberle tiempo a mis pendientes, salud a mi cuerpo o sueños a mis propias excusas.

 

 

 
 
 

3 comentarios


Querida Clau, permíteme discrepar.

En el colegio, ese - el mejor de la ciudad, me acuerdo que siempre que buscaba inspiración o motivación en mi cabecita, pensaba en ti. "Ay voy a correr como Claudia", "voy a bailar como Claudia" y así.

Siempre fuiste un bonito ejemplo de que todo se puede con dedicación y constancia.

Un abrazote!

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Qué lindo. 🥹

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Contestando a

Hermoso!🥹😍

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