Escoger a quién amar.

18 años
Enamorarme de verdad lo hice muchas veces: todas, de la misma persona.
Uno solo sabe que está enamorado cuando lo está de verdad. Es ahí cuando te das cuenta de que las versiones de amor que viviste antes fueron solo un preview de algo mucho más natural y memorable.
Cuando el momento fue el indicado, yo supe sin dudar que Dante San Román era la persona con la que me iba a quedar. Con toda seguridad lo digo: yo escogí de quién enamorarme.
Me enamoré más ese verano en el que comenzó a trabajar de vendedor de gaseosas y la idea de ir a la playa era impensable, porque salía los sábados por la tarde. Así que nuestro plan era quedarnos en Lima mientras la vida en Asia seguía su curso sin extrañarnos.
Me enamoré cuando nos casamos y tenía miedo de cerrar esa etapa de mi vida que me había hecho quien era. Dante, con la paciencia que lo caracteriza, me vio llorar la transición —como la loca que soy— y me dejó ordenar excéntricamente nuestra nueva casa sin cuestionar nada. Pinté flores en el pasadizo, una cómoda de color morado y me dediqué a embarrar con harina la cocina miniatura de ese departamento enanito y perfecto en el piso 7. (Otro día les cuento del vecino del piso 8 que hacía orgías).
Me enamoré otra vez cuando nació Martina y él se volvió el encargado de sacar los chanchos que demoraban 45 minutos, mientras yo dormía. En esa época todavía tenía el sueño muy profundo y despertarme en la noche era realmente una tortura.
Me enamoré mil veces más cuando, por un mal jefe, se quedó sin trabajo y me demostró ser la persona más disciplinada, valiente y luchadora del mundo. Un crack.
Me enamoré cuando descubrí que tiene un cerebro completamente numérico, con la capacidad de memorizar todas nuestras claves y números de documentos. Además, si quieres saber el nombre de un artista, él es tu persona.—Dante: ¿cómo se llama la que hacía de enfermera secundaria en la película que vimos en 1780?—Juana Pérez.
Para alguien como yo, que no se acuerda ni el final de la frase que iba a decir porque ya me distraje pensando en cualquier otra cosa, un cerebro así resulta lo más sexy del mundo.
Me enamoro cada fin de semana y lo quiero matar algunos lunes porque respira muy fuerte, para luego enamorarme otra vez el viernes en la noche, cuando quiere dormir temprano para hacer deporte el sábado.
Me enamoro cada vez que entiendo lo parecidos que somos y que, sea cual sea el camino, siempre regresamos a nosotros: a nuestras pequeñas rutinas, acuerdos, secretos y obsesiones.
Me enamoro cuando no hacemos preguntas y respetamos espacios. Me enamoro también cuando invadimos esos mismos espacios y nos salvamos de nuestra forma tan solitaria de resolver la tristeza.
Me enamoré ayer y otra vez hoy, porque solo tú sabes quién soy en todas mis versiones y has escogido compartir tu vida conmigo.



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