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Ser mujer, ser atleta

25 nov 2025
2 min de lectura





Siempre digo que deporte es mucho más que una actividad física o un entretenimiento de fin de semana; es una escuela de vida.

Para las mujeres, su práctica es muchas veces un acto de rebelión contra expectativas sociales obsoletas, es un grito silencioso que repite: Yo también quiero, ¡Yo también puedo!

 

Pasamos por distintas etapas en la vida y todas, a su manera, son retadoras. El deporte nos equipa para navegar esas transiciones con una fuerza que trasciende lo físico, convirtiéndose en un motor de empoderamiento personal y colectivo.

 

Esta travesía comienza en la adolescencia, ese campo minado de inseguridades y presiones por "encajar". Para muchas niñas, la disciplina deportiva se convierte en el refugio perfecto, una verdadera pista de aterrizaje emocional.

 

Es un espacio donde el valor se mide por el esfuerzo y la constancia, no por la talla de los pantalones o los clics en redes sociales. La soledad y la ansiedad se disuelven en el sudor compartido, construyendo amistades reales y eternas.

Se aprende que caer es parte de ganar, y que la mejor versión de una misma es la que se atreve a intentar.

El empoderamiento es, ante todo, esto: tomar el control de tu propio cuerpo y, por extensión, de tu vida.

 

De darse el caso,  cuando decidimos ser Mamás, los roles y las espectativas se vuelven más complejas.

 

Aquí emerge un concepto crucial: el espacio personal.

 

El simple acto de tomar una hora para hacer ejercicio, para correr o ir al gimnasio, se tiñe de culpa. Sentir que al "dejarlos un rato" estamos fallando es un mito que debemos desmantelar.

 

No somos solo Mamás, seguimos siendo nosotras. Mujeres, con necesidades, pasiones, sueños y un cuerpo que necesita ser honrado y cuidado.

 

Mantener ese espacio personal es un acto de salud mental y auto-respeto, además de ser una enseñanza poderosa para nuestras hijas, la lección más valiosa está en saber preservarnos, para poder cuidar a otros y sobre todo para poder seguir siendo nosotras mismas.

 

El  deporte ofrece una metáfora de la igualdad que debe reinar en el ámbito profesional y social.

 

Cuando las mujeres entrenamos o competimos en espacios mixtos (con hombres), demostramos a la sociedad y sobre todo a nosotras mismas, que somos capaces y tenemos el derecho de tener acceso a alcanzar las mismas metas.

 

 

 

El deporte nos enseña, nos recuerda que, en el fondo, la competencia se basa en el talento y la dedicación y que nuestras fortalezas y debilidades no son inherentes a nuestro género si no a las personas que somos, a nuestra disciplia y a cuánto estamos dispuestos a entregar para mejorar, para crecer.

 

Las mujeres somos magia pura y en comunidad, lo somos aún más. En el deporte más que fuerza, creamos espacio, historia, nos hacemos visibles.

 

Nos volvemos en esa fuerza imparable que nos permite transformar cada espacio de entrenamiento cada oficina y cada hogar, en un lugar verdaderamente equitativo.

 

Hagámoslo por nuestras hiijas y las suyas. Por las que estuvieron antes y soñaban con hacerlo.

 
 
 

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