No es culpa mía pero si es responsabilidad nuestra.

Hoy no voy a hablar de deporte. Y créanme que preferiría estar haciéndolo, pero hace semanas que veo, escucho y pienso en lo mismo: en nuestros hijos. En cómo se están relacionando, en cuánto están sufriendo y, sobre todo, en cuánto de todo esto tiene que ver con nosotros.
Lima siempre ha sido una ciudad extrañamente pequeña. Muchos de los que hoy nos cruzamos en reuniones de colegio hablando preocupados de nuestros hijos nos conocemos desde que nosotros mismos éramos adolescentes. Crecimos juntos, nos vimos equivocarnos, enamorarnos, bailar hasta que amaneciera. Y casi sin darnos cuenta, ahora somos nosotros los padres. Los adultos. Los que estamos criando a esta generación.
Una generación de adolescentes dominados por una ansiedad enorme por pertenecer.
Que me inviten. Que me quieran. Que no hablen de mí. Que esté en el grupo correcto. Que tenga lo que hay que tener. Que parezca lo que hay que parecer.
Una vida construida demasiado hacia afuera.
Y mientras tanto, ¿qué espacio hemos dejado para mirar hacia adentro? Para descubrir quién eres cuando nadie te está mirando. Para reconocer tus fortalezas, construir autoestima, cultivar alguna forma de vida espiritual. Para aprender a estar solo. Para entender que aquello que te hace distinto probablemente sea también aquello que algún día te haga especial.
Nadie cambia el mundo haciendo lo mismo que todos los demás.
Durante las últimas semanas, un hecho gravísimo ocurrido entre adolescentes del Liceo Naval conmocionó a Lima. Y, como era de esperarse, las redes se llenaron de indignación. A mí también me conmocionó. Pero mientras escuchaba tantas voces horrorizadas, no podía dejar de pensar en una dura verdad:
Uno no educa desde lo aberrante. Educa desde lo simple, lo cotidiano.
Mi papá siempre me enseñó que la integridad es hacer lo correcto incluso cuando hacerlo no te favorece. Y la integridad no se enseña en teoría.
¿De qué sirve hablarles a nuestros hijos de valores, empatía, bullying o violencia si después, en las pequeñas decisiones de todos los días, les enseñamos exactamente lo contrario?
Si mi hija me cuenta que hay una fiesta a la que invitaron a todo su grupo menos a su mejor amiga, ¿qué le digo?
Piénsalo de verdad.
Porque es facilísimo responder mientras lees este artículo. Pero cuando es tu hija la que lleva semanas esperando esa fiesta, cuando sabes que van a estar todos, cuando sabes lo que puede significar para ella no ir, la respuesta ya no parece tan obvia.
“Qué pena que no la hayan invitado, pero tú anda. Tú no tienes la culpa”.
Y probablemente eso es lo que muchos diríamos.
Porque queremos proteger a nuestros hijos. Porque no queremos que pierdan su lugar. Porque pensamos: ¿por qué ella tendría que quedarse sin ir por una decisión que tomaron otros?
Y ahí está.
Ahí empieza la verdadera conversación sobre integridad.
Porque la integridad no se demuestra cuando hacer lo correcto es fácil. Se demuestra cuando hacerlo te cuesta algo.
La empatía real aparece cuando el dolor del otro es capaz de incomodarte lo suficiente como para modificar tu propia conducta. Cuando defender a alguien puede significar perder algo tú también. Tu comodidad. Una invitación. Tu lugar en el grupo.
La otra respuesta sería: “Es tu mejor amiga. Si la están dejando afuera, no la dejes tú también”.
Y sí. Es mucho más difícil.
Porque quizás nuestra hija se pierda la fiesta. Quizás se moleste con nosotros. Quizás al día siguiente sienta que quedó un poco más afuera.
Ese es el riesgo. Y justamente por eso es un acto de valentía.
Queremos que nuestros hijos sean valientes, empáticos, leales, íntegros. Pero a veces, cuando aparece la oportunidad real de practicar cualquiera de esas cosas, somos nosotros quienes corremos a evitarles las consecuencias.
Y entonces les quitamos exactamente la experiencia que algún día esperamos que tengan cuando las consecuencias sean mucho mayores.
Porque el coraje de separarse de un grupo cuando ese grupo está haciendo algo que sabes que está mal no aparece mágicamente el día en que ocurre algo terrible.
Se entrena acá.
En esta fiesta. En este chat. En este comentario. En este amigo al que nadie quiere defender.
Por aquí comienza. Y de esto sí somos responsables.
La empatía se practica. La lealtad se practica. La valentía se practica.
Y también se practica mirar hacia otro lado.
Y qué bien lo estamos haciendo.
Hay algo todavía más incómodo que tenemos que atrevernos a mirar:
Los padres solemos observar el mundo como si nuestros hijos estuvieran siempre del mismo lado de la historia: el de la posible víctima.
Nos preocupa quién puede excluirlos, quién puede hablar de ellos, quién puede hacerles daño. Vivimos atentos a las amenazas que vienen de afuera.
Pero nuestros hijos no siempre son las víctimas.
A veces son ellos quienes excluyen. Los que callan. Los que se ríen. Los que dejan solo a alguien para proteger su propio lugar. Y a veces también son los que agreden.
Aceptar esa posibilidad no significa aceptar que tenemos un hijo malo. Significa entender algo mucho más humano: alguien que se siente amenazado puede intentar protegerse atacando. Quien alguna vez fue víctima puede después hacer daño. Los roles cambian y se mezclan mucho más de lo que nos gustaría admitir.
Por eso no basta con enseñarles a defenderse, tenemos que enseñarles también a reconocer el daño que ellos son capaces de hacer.
Quizás nuestra tarea no sea criar hijos permanentemente preparados para sobrevivir a una jungla. Porque si les repetimos que viven rodeados de amenazas, terminarán comportándose como si así fuera.
Y quizás, para entender cómo llegamos hasta aquí, tengamos que mirarnos a nosotros.
Venimos de una generación criada por padres estrictos, atravesados por crisis, inseguridad y cierta escasez. Después llegaron las oportunidades. Aprendimos palabras como liderazgo, innovación y éxito. Y quisimos darles a nuestros hijos todo aquello que nosotros no tuvimos.
Y vaya si lo hicimos.
Somos la generación de los matrimonios apoteósicos, de las listas interminables de cosas que “necesita” un recién nacido, de convertir deseos en necesidades. Queríamos hacerlo distinto. Darles más. Facilitarles el camino. Evitarles algunos dolores.
Pero quizás, en el intento de darles todo, dejamos de enseñarles algunas de las cosas que no se compran.
La amistad incondicional. La empatía. La capacidad de soportar la incomodidad. La fortaleza para quedarse solo, porque ser un buen amigo no siempre significa acompañar. A veces significa ser el único que se separa del grupo y dice: esto está mal.
Y eso cuesta.
Veo lo que ocurre hoy entre adolescentes y me duele reconocer dinámicas que pensé que habíamos superado. Chicas destrozándose entre ellas. Chicos hablando de las chicas con una violencia que creíamos de otra época. Grupos capaces de expulsar a alguien y hacer que esa exclusión lo acompañe incluso cuando intenta empezar de nuevo.
Pensé que estábamos evolucionando. Que nuestros hijos crecerían preparados para abrazar las diferencias.
Pero ¿cómo van a abrazar al diferente si todavía no son capaces de sentir el dolor de alguien que tienen al costado?
Buscando cifras para escribir esto me encontré con una que me dejó pensando: en 2024 se registraron en el Perú 6,910 casos de lesiones autoinfligidas intencionales. Más de uno de cada tres correspondió a adolescentes de entre 12 y 17 años.
No estoy diciendo que una cosa explique la otra. El suicidio y las autolesiones son fenómenos muchísimo más complejos que eso. Pero sí creo que una cifra así debería obligarnos a mirar con más atención el mundo emocional en el que están creciendo nuestros hijos, porque detrás de aquello que un día nos parece enorme suele haber una historia anterior.
Pequeños silencios. Pequeñas exclusiones. Una burla que dejamos pasar. Una fiesta a la que alguien no fue invitado. Un amigo al que abandonamos porque defenderlo era incómodo. Un comentario cruel que todos escucharon y nadie detuvo.
Pequeños preludios.
Y es ahí donde todavía tenemos alcance.
Quizás nos hemos equivocado intentando enseñarles a nuestros hijos a defenderse de un mundo hostil, cuando nuestra verdadera responsabilidad era enseñarles a construir uno menos hostil.
No podemos controlar todos los grupos. No podemos evitarles el rechazo, la tristeza ni la crueldad. Pero sí podemos enseñarles que pertenecer nunca puede valer más que su integridad. Que ser leal a veces cuesta. Que defender a alguien puede significar quedarse solo. Y que la empatía no es sentir pena por el otro: es permitir que el dolor del otro modifique nuestra conducta.
Pero para enseñarles eso tenemos que aprenderlo nosotros primero.
Tenemos que dejar de mirar únicamente lo que el mundo puede hacerles a nuestros hijos y empezar a mirar también lo que nuestros hijos pueden hacerle al mundo.
Despertar de nuestro propio miedo. De nuestra frivolidad. De esa obsesión por que el nuestro esté bien, pertenezca, sobreviva.
Porque todavía estamos a tiempo.
Todavía podemos criar una generación que domine la tecnología sin perder su humanidad. Que no necesite destruir a otro para pertenecer. Que entienda que hacer lo correcto puede costarle un lugar en la mesa y aun así elija hacerlo.
Eso no se enseña el día en que ocurre algo terrible.
Se enseña mañana, cuando nuestros hijos vuelvan del colegio y nos cuenten una historia aparentemente insignificante.
Ahí empieza todo.



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