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Sanar con deporte las heridas que el deporte hizo

25 nov 2025
4 min de lectura


Vengo de una familia altamente competitiva. Mi abuelo fue campeón nacional de 100 metros con vallas y de 1600 metros.

Mi papá, campeón sudamericano de remo de escuelas navales.

Mi mamá también corría y siempre fue buena para los deportes.

Mi hermano mayor, que me lleva un año, es de esas personas naturalmente coordinadas, ágil, rápido, fuerte.

 

No me canso de contarles esto, pues creo que no ser bueno en deportes de niño te deja algunas heridas que con mi historia pretendo ayudar a curar.

La niñez es mi edad favorita, amo enseñar a los niños… porque casi siempre quieren probarlo todo, intentar una y otra vez. Casi siempre… Y ahí estaba yo.

 

Picona, contestona, atrevida. Si alguien se iba a parar a cantar frente a toda la familia, esa era yo. Si alguien tenía que defender a mi hermano de alguien, ahí estaba yo. Él era muy bueno en los deportes, pero muy tímido también.

 

Entonces, nadie iba a sospechar de mí. ¿Cuántas cosas dejé de hacer por miedo a fallar? Cuántas veces me hice a un lado fingiendo desinterés cuando mi corazón solo quería un milagro. Soñaba con levantarme un día y ser la más rápida, con entrar a una cancha de voley y que todos se quedaran boquiabiertos. Soñaba despierta con ganar todas las medallas que mi hermano mayor traía y soñaba con ver a mi papá mirándome ganar, como lo miraba a él.

Y pasé caleta… porque, para los que me conocían, yo no le tenía miedo a nada. Simplemente, a mí no me gustaban los deportes.

 

Un día, como a los 12 años, pisé un gimnasio y comencé a encontrar un espacio en el que las cosas me salían de una manera más natural. Comencé a encontrar un lugar en el deporte que no había descubierto antes. Descubrí que no era tan rápida, pero era bastante más fuerte. Y no era coordinada con las pelotas, pero sí lo era con otros movimientos.

 

Poco a poco, a través de los años, fui perdiendo el miedo. Me encontré con mi capacidad de ser constante, con la disciplina que venía en mi ADN, con mis ganas infinitas de divertirme, con mi energía, con muchas cosas que antes no conocía de mí, que incluso las cosas que antes rechazaba de mí serían quizás mis mejores herramientas para la vida.

 

Qué haría hoy si Claudia fuera mi hija (esto no es culpa de mis papás, yo solo tengo más información). La invitaría a intentar no dos, sino 20 veces. La invitaría a descubrir el maravilloso mundo después de la entrega, de la constancia.

 

Es lindo, es increíble ser bueno en algo… pero no hay nada más gratificante que no ser bueno en algo y lograr serlo a base de constancia y esfuerzo. A base de fe y un poco de locura también.

 

Hace un par de años, frente a un aro de basket con mis dos hijas, nos vi a mi hermano y a mí. Julieta era mi hermano; lanzó la pelota con la naturalidad e irreverencia que la caracterizan. La pelota entró al aro y ella siguió corriendo.

Martina tomó la pelota, como la hubiera tomado yo: con miedo, dudas, vergüenza… Le faltaron mis lentes. La lanzó con dos gotas de pasión y con una certeza de fallar que, para mí, fue dolorosa.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta de la casa.

Ahí me acerqué y le dije: "Vamos a hacer un trato: no te vayas". Vas a lanzar la pelota 15 veces. Si no entra, practicaste 15 veces… pero yo creo que sí va a entrar.

Fueron 1, 2, 3… En la siete… como mantequilla, la pelota entró por el centro del aro. Su cara… su cara en ese momento me curó a mí, pero lo que pasó en su cabeza, les aseguro que la cambió a ella.

Y ella ya sabe su lugar en el deporte. No va a lanzar una pelota de voley… pero sí se va a lanzar sin miedo como nadie de un muelle en Cerro Azul. Sí, se sube a una tabla en julio a remar hacia las olas con paz absoluta mientras yo me congelo en la orilla.

Encontró su lugar, abrazó sus fortalezas… todos, todos tenemos un lugar. No dejen nunca de buscarlo.

 

Y es ahí donde vengo a hablar de competir… ah, la competencia sí que nos marca. Para algunos competir es combustible, es la gasolina que los enciende… Para otros es angustia, ansiedad, es ser una vez más un niño asustado.

 

Vamos a decidir hoy algo. Competir será un juego. No estamos yendo a ganar. Estamos yendo a jugar, a encontrarnos. A fallar 14 veces y celebrar la número 15. A detenernos un segundo y mirar hacia atrás 90 días: a ver nuestras dudas, nuestras mañanas, nuestros intentos y sentirnos orgullosos de todo.

 

Sé que no todos quieren competir. No vayan a competir. Vayan a seguir cambiando, a seguir sudando, a perder el miedo, a no volvernos tan serios. Vamos a estar vivos juntos, a celebrar a nuestros amigos si algo les sale mejor, porque el deporte es un espectáculo digno de verse.

 

Vamos a entrenar para ser felices, pues.

 

PD: El único que pierde no es el que se pica… Es el que se la pierde.

 

 
 
 

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